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Cuentos Cortos Aleccionadores 1

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CIELO E INFIERNO CERCANOS

Un samurai fue a visitar a un viejo sabio para plantearle una duda que lo atormentaba. 

-Señor, estoy aquí porque necesito saber si existen el infierno y el paraíso. 

-¿Quién lo pregunta? -contestó el maestro. 

-Un guerrero samurai. 

-¿Tú un samuray? -se burló el maestro-. ¿Con esa cara de idiota que tienes? 

El guerrero no daba crédito a lo que oía. 

-Seguro que además de estúpido eres un cobarde -se mofó de nuevo. 
La ira se adueñó del samurai que desenvainó instintivamente su sable. 

-¡Ahora se abren las puertas del infierno! -gritó el anciano. 

El guerrero comprendió de súbito la actitud del maestro y guardó su sable avergonzado. 

-¡Ahora se abren las puertas del paraíso! -exclamó de nuevo el maestro. 
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DESAPRENDER LO INCORRECTO PARA APRENDER LO CORRECTO

Un hombre decidió visitar a un maestro para pedirle que le aceptara como discípulo. Cuando llegó a la casa, fue recibido por una persona que le interrogó sobre los motivos de su visita. 

-Deseo que el maestro me acepte como discípulo -solicitó el recién llegado. 
-Muy bien -contestó aquel hombre-, yo soy su asistente y le haré llegar esta demanda. 

Transcurrido un tiempo, el hombre de la puerta regresó con un papel. 

-El maestro me ha dicho que contestes a las preguntas que hay en esta lista de acuerdo a tus conocimientos. 

Como el visitante era un hombre muy instruido, respondió a las preguntas con cierta facilidad sin que ninguna de ellas le resultara especialmente complicada. Terminado el examen, el asistente recogió las respuestas y retornó al interior de la casa para entregárselas al maestro. 

Una hora después, regresó junto al ya impaciente visitante. 

-El maestro me ha pedido que te comunique que en las contestaciones a las preguntas planteadas has demostrado una gran erudición, por este motivo te aceptará como discípulo dentro de un año. 

Aquel hombre se sintió halagado a la par que un poco triste por el largo plazo marcado por el maestro. Antes de marcharse preguntó: 

-Si he contestado acertadamente a las preguntas y he de regresar dentro de un año, ¿cuál sería el plazo señalado si no hubiese respondido correctamente al examen? 

-Ah, en ese caso -contestó el asistente- el maestro te habría aceptado como discípulo hoy mismo. Tú, en cambio, necesitas todavía un año para liberarte de toda esa carga de conocimiento inútil que llevas encima.


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ESFUERZO CORRECTO

Un hombre decidió cavar un pozo en un terreno que poseía. 
Eligió un lugar y profundizó hasta los cinco metros, pero no encontró agua. 
Pensando que aquel no era el sitio idóneo, buscó otro lugar y se esforzó más llegando hasta los siete metros, pero tampoco esta vez halló agua. 
Decidió probar una tercera ocasión en distinto lugar, y cavar aún mucho más, pero cuando llegó a los diez metros, concluyó que en su terreno no había agua y que lo mejor era venderlo. 

Un día fue a visitar al hombre al cual había vendido el terreno, y se encontró con un hermoso pozo. 

-Amigo, mucho has tenido que cavar para encontrar agua, recuerdo que yo piqué más de veinte metros y no encontré ni rastro -dijo el recién llegado. 

-Te equivocas -contestó el aludido-. La verdad es que yo sólo cavé doce metros, pero a diferencia de ti, siempre lo hice en el mismo sitio.


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FALSAS SEñALES DE SANTIDAD

Un hombre decidió buscar a un maestro de quien poder aprender tanto de su conocimiento como de su ejemplo. Un amigo se enteró de sus intenciones y se prestó a ayudarlo: 

-Yo conozco a un hombre santo que vive en la montaña; si quieres, te acompañaré a visitarlo. 

Ambos iniciaron el camino en medio de una nevada y, a media jornada, se sentaron a descansar al lado de una fuente. El buscador preguntó a su amigo: 

-¿Cómo sabes que ese ermitaño es un hombre santo? 

-Por su conducta --contestó éste-. Viste siempre túnica blanca en señal de pureza, come hierbas y bebe agua, lleva clavos en los pies para mortificarse, a veces rueda desnudo por la nieve y tiene un discípulo que le da periódicamente 20 latigazos en la espalda. 

En ese momento apareció un caballo blanco que, después de beber agua en la fuente y mordisquear unas hierbas, se puso a rodar por la nieve. Al verlo, el buscador se levantó y dijo a su amigo: 

-¡Me voy, ese animal es blanco, come hierba y bebe agua, lleva clavos en sus cascos, le gusta tirarse por la nieve y seguro que recibe a la semana más de 20 latigazos. Sin embargo, no es más que un caballo. 
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LA MAGNITUD DEL PROBLEMA

Un monje le dijo una mañana a su maestro que tenía un problema que deseaba comentar con él, y éste le contestó que esperase hasta la noche. 

Llegada la hora de dormir, el maestro se dirigió a todos los discípulos preguntando: 

-¿Dónde está el monje que tenía un problema? ¡Que salga aquí ahora! 
El joven, lleno de vergüenza, dio un paso al frente. 

-Aquí hay un monje que ha aguantado un problema desde la mañana hasta la noche y no se ha preocupado en resolverlo. Si tu problema hubiese consistido en que tenías la cabeza debajo del agua, no habrías aguantado más de un minuto con él. 

¿Qué clase de problema es ese que eres capaz de soportarlo durante horas? -preguntó el maestro
 
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LA PRISIóN DEL ODIO

Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. 

Uno de ellos preguntó al otro: 

-¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros? 

-No, gracias a Dios ya lo olvidé todo -contestó-. ¿y tú? 

-Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas -respondió el otro. 

Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo: 

-Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso.
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LO PRIMERO ES LO PRIMERO

Un agricultor contrajo una enfermedad en los ojos y decidió ir al médico. No obstante, el precio de la consulta le pareció muy alto y resolvió ir al veterinario que, meses antes, le había cobrado una pequeña cantidad por curar a su burro. 

El veterinario le aplicó en los ojos el mismo emplasto que utilizaba con las caballerías y aquel hombre quedó ciego. Maldiciendo su suerte, el agricultor presentó su caso ante el juez reclamando justicia. 

-Señoría, este hombre me ha dejado ciego. 
Utilizó conmigo una medicina ponzoñosa que en vez de curarme me ha perjudicado aún más. 

-Pero este hombre es un veterinario, ¿por qué no acudió a un médico como es lo razonable? -preguntóel juez. 

-Soy un hombre pobre y no podía permitirme pagar los honorarios del médico, pero ese veterinario debía haberme advertido que su emplasto para caballerías me iba a dejar ciego -argumentó el agricultor. 

-Señor -dijo el veterinario, que hasta ese momento había permanecido en silencio-, yo siempre trato el mal de ojos de las caballerías del mismo modo y siempre con excelentes resultados, ¿por qué a este asno iba a recetarle algo distinto? 

-¡Pero yo no soy un asno! -protestó el agricultor. 

-No es cierto, señor juez; si en vez de un asno fuese un hombre, hubiese ido al médico y no al veterinario, y mejor le hubiese ido si primero se hubiera preocupado por su salud antes que por su bolsa. 

El juez absolvió al veterinario.
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MILAGROS SIN SIGNIFICADO

Un anciano maestro mandó a sus discípulos a recorrer mundo con el encargo de que le trajeran noticia del acontecimiento más maravilloso que hubiesen contemplado durante su viaje. Al cabo de muchos meses regresó uno de ellos y empezó a narrarle lo siguiente: 

-Maestro, lo más increíble y maravilloso que he contemplado en estos largos meses ocurrió un día en que estaba a punto de tomar una barcaza que cruzaba un caudaloso río. En el momento de zarpar, llegó un pobre anciano que le pidió al barquero que por caridad lo llevase a la orilla ya que no disponía de dinero. 
El dueño de la barca se negó airadamente y soltó amarras con toda rapidez, de tal modo que la barca se adentró en la corriente. Pero en ese momento, y ante la mayor sorpresa de todos, el anciano cerró los ojos, entró en un estado de arrebatamiento ¡Y comenzó a caminar sobre las aguas hasta que vadeó el río! ¿No es asombroso? ¿No es eso un milagro? 

-¿Cuánto costaba el pasaje de la barca? -preguntó el maestro. 

-Sólo dos monedas -respondió el discípulo. 

-Pues esas dos monedas es todo el valor del milagro que has contemplado.



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