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Cuentos Cortos-Humorísticos

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NOBLES ACCIONES... EN APARIENCIA

Un hombre con una bolsa vacía se acercó a la plaza principal de su pueblo diciendo a sus vecinos: 

-Amigos, estoy recogiendo dinero para pagar las deudas de un pobre hombre que no puede afrontarlas. 

Todos le dieron varias monedas hasta llenar la bolsa, alabando su noble acción. Un anciano le preguntó: 

-Es muy noble tu tarea, pero dime: ¿quién es ese vecino acuciado por las deudas? 

-Yo -contestó aquel hombre marchándose velozmente con el dinero recaudado. 

Semanas después, aquel hombre volvió a presentarse en la plaza con la bolsa. 

-¿Podemos suponer que hay alguien que no puede pagar su deuda y que vienes a ayudarle? -preguntaron irónicamente los vecinos. 
-Eso es -dijo el hombre. 
-¿Y acaso eres tú el deudor? -preguntaron de nuevo. 
-No, esta vez no. ¡Os doy mi palabra! -aseguró con énfasis aquel individuo. 
-Si es así, toma nuestra ayuda -dijeron los vecinos mientras llenaban la bolsa. 

Pero el anciano volvió a preguntar: 

-¿Quién es en esta ocasión el deudor? 

-No puedo decirlo, podría sentirse avergonzado -contestó. 

El viejo, sospechando algo, volvió a preguntar: 

-¿Y tú que tienes que ver en todo esto? 

-Bueno... yo es que soy el acreedor.

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OPINIONES AJENAS
Un abuelo y su nieto se encaminaron un día a una aldea vecina para visitar a unos familiares, por lo que se acompañaron de un borrico a fin de hacer más llevadera la jornada. Iba el muchacho montado en el burro cuando al pasar junto a un pueblo oyeron: 

-¡Qué vergüenza! El jovencito tan cómodo en el burro y el pobre viejo haciendo el camino a pie. 

Oído esto decidieron que fuera el abuelo en la montura y el joven andando. Pero al pasar por otra aldea escucharon: 

-¿Viste al egoísta? Él bien tranquilo en el burro, y el muchachito caminando. 

Entonces acordaron que lo mejor sería montar los dos en el jumento y así atravesaron otro pueblo, donde unos lugareños les gritaron: 

-¿Qué hacéis vosotros? Los dos subidos en el pobre animal. ¡Qué crueldad, vais a terminar reventándolo! 

Vista la situación, llegaron a la conclusión de que lo más acertado era continuar a pie los dos para no tener que soportar más comentarios hirientes. Pero pasaron por otro lugar y tuvieron que oír cómo les decían: 

-¡Tontos! ¿Cómo se os ocurre ir andando teniendo un burro?



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QUIéN SE ATREVE A JUZGAR?

Ocurrió una vez que en un pueblo murió de vejez el juez. Como tardaba en llegar el sustituto y los casos se acumulaban, los ciudadanos decidieron nombrar en el puesto interino a un convecino suyo a quien todos respetaban por su sabiduría y sentido de la justicia. 

Al día siguiente le llegó el momento de presidir un juicio. Empezó hablando el fiscal, que, de un modo brillante y elocuente, convenció a todos los presentes sobre la culpabilidad del reo. 

-¡Tiene razón el fiscal! -exclamó el improvisado juez. 

-Señoría, aún debe oír al abogado -le recordó el secretario del juzgado. 

Tomó entonces la palabra el abogado, que, en brillantísima exposición, también convenció a los presentes sobre la inocencia de su defendido. 

-También tiene razón el abogado -dijo el Juez. 

-¡Pero señoría! -volvió a intervenir el secretario-. ¡No es posible que tengan razón los dos! 

-¡EI secretario tiene razón también! - Dicho lo cual, el juez dio por terminado el juicio.



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QUIENES NO APRENDEN A LA PRIMERA. . . NI A LA SEGUNDA

Un hombre fue al mercado con una buena bolsa de dinero para comprar un burro. Un pillo se apercibió de que aquel hombre era tonto y confiado, por lo que le mostró un animal viejo y enfermo que, convenientemente ajaezado y disfrazado, hizo pasar por un ejemplar joven y sano que el tonto compró pensando que hacía buen negocio. 

De vuelta a su casa se dio cuenta del evidente engaño y recorría el camino entre lamentos y sollozos. Un anciano que lo oyó, se interesó por sus penas y el hombre le contó cómo había sido víctima de un timo. El anciano lo animó diciéndole: 

-A mí puede interesarme tu burro aunque sea viejo, pero puedo darte muy poco por él; si lo deseas, iré a mi casa a por el dinero, tú mientras tanto espérame tranquilamente debajo de esa sombra. 
El hombre accedió pensando que eran mejor unas monedas que un animal que no servía para nada, así que se sentó debajo de la sombra y al rato se durmió. 

Al despertar, alguien había robado el burro cortando la cuerda con la que estaba atado. 

-¡Qué desgracia, no tengo ni el dinero ni el burro! ¿Qué más puede pasarme? 

Continuó su camino cuando en un recodo vio cómo una mujer lloraba al lado de un pozo. 

-¿Qué os pasa, buena mujer? –preguntó el hombre. 
-He sido víctima de una desgracia -le dijo la mujer entre sollozos-; iba al mercado con mi bolsa llena de dinero para comprar un buen burro cuando al intentar sacar agua del pozo para beber, se me ha caído la bolsa al fondo. Pero soy torpe y débil y no pudo bajar a rescatarla, si tú lo hicieras por mí, te daría la mitad de mi dinero. 

El hombre accedió encantado, pensando que al final la suerte le sonreía y podría volver a casa sin tanta pérdida, así que se quitó la ropa y sin dudarlo, bajó al pozo. Al cabo de un rato de buscar infructuosamente subió a la superficie y vio que su ropa había desaparecido. 
Desnudo, sin dinero y sin burro, sus lamentos le impidieron ver cómo se alejaban de allí el pillo, su mujer y su padre, riéndose a carcajadas de aquel idiota y confiado. 

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SIEMPRE «SI DIOS QUIERE

Un vecino se encontró a otro por el camino. 
- ¿Donde vas, amigo? -preguntó. 
- Voy al mercado a comprar un burro -contestó el otro. 
- Será si Dios quiere. 
- No hace falta en este caso decir «si Dios quiere»; tengo dinero, y en el mercado venden burros, así que no hay duda de que regresaré con un burro. 

- Acuérdate que siempre hay que decir si Dios quiere -volvió a recordarle el amigo. 

Pero camino del mercado, unos bandidos robaron la bolsa con el dinero del vecino. Sin embargo, dispuesto a no regresar a casa sin el jumento, negoció con el vendedor de burros y lo convenció de que se lo entregara con la promesa de que en breve se lo pagaría a un precio más alto. De vuelta a su casa, otros bandidos le robaron el burro y le dieron además una buena tunda. 

Ya de anochecida, el pobre hombre venía de regreso por el camino, cuando se encontró de nuevo con el amigo. 

-¿De dónde vienes con ese aspecto? -preguntó. 

-Me han robado el dinero «si Dios quiere», también me han robado el burro «si Dios quiere», tengo una deuda que no sé como pagaré «si Dios quiere», me han dado una paliza «si Dios quiere», voy a que me vea el médico «si Dios quiere», y ¡maldito sea tu padre «si Dios quiere»!

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SIN PERCEPCIóN CORRECTA NO HAY JUICIO CORRECTO

Un jinete vio que un escorpión venenoso se introducía por la garganta de un hombre que dormía tumbado en el camino. El jinete bajó de su cabalgadura y con el látigo despertó al hombre dormido a la vez que le obligaba a comer unos excrementos que había en el suelo. Mientras, el hombre chillaba de dolor y asco: 

-¿Por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo? 
El jinete continuaba azotándolo y obligándole a comer los excrementos. 
Instantes después, aquel hombre vomitó arrojando el contenido del estómago con el escorpión incluido. Comprendiendo lo ocurrido, agradeció al jinete el haberle salvado la vida, y después de besarle la mano insistió en entregarle una humilde sortija como muestra de gratitud. Al despedirse le preguntó: 

-Pero ¿por qué sencillamente no me despertaste? ¿Por qué razón tuviste que usar el látigo? 

-Había que actuar rápidamente -respondió el jinete-. Si sólo te hubiera despertado, no me habrías creído, te habrías paralizado con el miedo o habrías escapado. Además, de modo alguno hubieses tomado los excrementos, y el dolor de los azotes provocaba que te convulsionases, evitando que el escorpión te picara. Dicho lo cual, partió al galope hacia su destino. 
No lejos de allí, dos hombres de una aldea vecina habían sido testigos del episodio. Cuando regresaron junto a sus paisanos, narraron lo siguiente: 

-Amigos, hemos sido testigos de unos hechos muy tristes que revelan la maldad de algunos hombres. Un pobre labrador dormía plácidamente la siesta a la vera de un camino, cuando un orgulloso jinete entendió que obstaculizaba su paso. Se bajó de su caballo y con el látigo comenzó a azotarlo por tan mínima falta. No contento con eso, le obligó a comer excrementos hasta vomitar, le exigió que le besara la mano y además le robó una sortija. Pero no os preocupéis, a la vuelta de un recodo hemos esperado al arrogante jinete y le hemos propinado una buena paliza por su deplorable acción.
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UNA HISTORIA SOBRE LA VERDAD

Cuentan que un rey, obsesionado por los conceptos de verdad absoluta, verdad relativa y mentira, ordenó que todo aquel que en su reino no dijera absolutamente la verdad, fuera ahorcado. 

Ese mismo día un santo con fama de loco se presentó ante el rey y dijo: 
-Majestad, según tu decreto, hoy me ahorcarás -y riéndose a carcajadas se marchó. 

El rey quedó completamente confundido. Si lo ahorcaba, estaría ejecutando a alguien que habría dicho la verdad. Si no lo ahorcaba, dejaría escapar a un mentiroso. 

Inmediatamente dio orden de derogar el decreto.



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